Los tiempos de la guerra mediática
En la batalla de la información, la Casa Blanca ha montado comités secretos, que cuidan de todo, desde la diplomacia pública hasta operaciones sigilosas de información. Hasta los discursos de Bush son examinados con sentido de propaganda y sus efectos
Elson Rezende de Mello
Revista
Avance, Cuenca, Ecuador,n.º 173, abril de 2006
Vivimos tiempos de guerra. Y la guerra mediática es la que más se ha desarrollado, desde la primera guerra del Golfo, en 1991, en años recientes. Como se dice que en una guerra la primera víctima es la verdad, el esfuerzo mediático es hecho para la construcción de esa verdad que va a ser impuesta, de la verdad que interesa a los señores de la guerra, y con el desarrollo de psicologías y medios esa tarea se torna más fácil, rutinaria y cotidiana.
En las escaramuzas de las guerras actuales, en el Irak, Afganistán y otros frentes, la propaganda se viste con el uniforme de campaña de la información, como demuestra reciente reportaje del periódico americano New York Times. El relato del periódico informa los esfuerzos de los EE.UU para ganar la guerra del Irak en el campo de las informaciones. En la Carolina del Norte, los militares americanos mantienen un centro de medios que posee todo lo de una empresa del área. En sus estudios son preparados programas noticiosos y musicales para radio y televisión, que son distribuidos para emisoras amistosas. El periódico americano informa que, con sede en Fort Bragg, la unidad de operaciones psicológicas cuenta con 1200 profesionales, para producir lo que los oficiales denominan "mensajes verdaderos" para dar apoyo al esfuerzo de guerra del gobierno americano. Los productos de información tienen su origen militar escamoteado, y el patrocinio del gobierno americano es mantenido en sigilo.
"Llamamos nuestra producción de información, y la del enemigo, de propaganda", dice el coronel Jack N. Summe, cuando era comandante del 4.º Grupo de Operaciones Psicológicas, citado por el periódico neoyorquino. Pero no hay unanimidad entre los mismos militares sobre esas acciones de inteligencia; algunos consideran esas actividades como fraudes y mentiras.
Ese esfuerzo de guerra busca también, para no dar la cara del gobierno Bush, la colaboración de empresarios y empresas. Como fue denunciado el año pasado, un empresario de un denominado grupo Lincoln, a servicio del Pentágono en el Irak, ha pagado a periódicos para que publicaran artículos de "buenas noticias" escritos por soldados americanos. La iniciativa ha repercutido en el Congreso americano, y parlamentarios dijeron que la práctica afecta a la credibilidad americana; altos funcionarios militares y civiles afirmaron desconocer el hecho.
El grupo Lincoln fanfarronea que ya ha colocado más de mil artículos en la prensa irakiana y árabe. Y como el grupo, algunas unidades de operaciones psicológicas del Ejército americano también, a veces, pagan para transmisión de informaciones de su interese, siempre escondiendo el rastro del gobierno americano.
La conocida Agencia de los EE.UU para el desarrollo Internacional (USAID), de acción también de propaganda en la América Latina, está presente en el frente mediático, despistando sus actividades, financiando cerca de 30 estaciones de radio en el Afganistán.
Los productores de mensajes americanos, dice el New York Times, justifican no identificar su papel en la falta de credibilidad que los EUA enfrentan en el exterior.
Los defensores de las campañas de influencia afirman que ellas son éticamente correctas y pueden ejercer un impacto positivo. Es como dijo el teniente-coronel Charles Krohn, ex-vocero del Ejército y profesor de periodismo, citado por el periódico: "Las operaciones psicológicas constituyen una parte esencial de la guerra, más aún en la era electrónica". "Si usted va a invadir un país, derrumbar su gobierno y ocupar su territorio, precisa informar a su población el porqué de eso. Ello requiere un programa de comunicación bien pensado."
Los que no defienden esas acciones avisan que batallas de información trabadas en los trasfondos pueden tener efectos contrarios a los deseados o pueden revelarse ineficaces. Las personas y los pueblos en guerra tienden a tener una actitud escéptica en relación a los medios, principalmente en países sojuzgados por una fuerza externa, como es el caso del Irak.
Después de la Guerra Fría, buena parte de la máquina de informaciones, incluyendo la Agencia de Informaciones de los EE.UU y algunos programas de la Cia fue desmantelada. En esa época, cuando se contraponían a la extinta URSS, los esfuerzos guerreros en al área de comunicación de los americanos eran vistos como ayuda a víctimas de gobiernos tiránicos. Ahora la percepción es otra; los americanos son vistos como muy próximos de regímenes autoritarios, cuando ellos mismos no asumen actitudes autoritarias.
En esos esfuerzos de la batalla de la información, la Casa Blanca ha montado comités secretos, que cuidan de todo, desde la diplomacia pública hasta operaciones sigilosas de información. Hasta los discursos del presidente Bush son examinados con ese sentido de la propaganda y de sus efectos. Para evitar la posibilidad de herir la sensibilidad de musulmanes, fue incluso sugerido, en vano, al presidente, que no finalizase sus discursos con la frase "Dios bendiga la América".
Otra área de actuación, en sintonía con ese esfuerzo de guerra mediática, es la ayuda financiera, como informa el periódico neoyorquino. En el Irak, después de la queda de Saddan, la ayuda ha crecido bastante, acercándose de los 100 millones de dólares. Periodistas son comprados, vehículos de comunicación reciben para publicar artículos e informaciones preparadas por los americanos, omitiendo su origen. Documento del Pentágono indica que mas de mil artículos fueron publicados en hasta 15 periódicos irakianos y árabes, sin que fuera revelado a los lectores sus autores militares.
Como informa el New York Times, el esfuerzo de medios del Pentágono en el Afganistán comenzó poco después de la caída del Talebán. En un lugar de pocos medios de comunicación, hoy operan 350 revistas y periódicos y 68 TVs y estaciones de radio, con los EE.UU aportando dinero para subsidiar los medios, formar periodistas y voceros gubernamentales. Como siempre, sin dejar rastros tras ese esfuerzo de comunicación.
El New York Times solo relata algunos elementos de bastidores de esa guerra mediática. Basta prender nuestros televisores para que seamos impactados por sus petardos, sea por el despacho de las agencias noticiosas, sea por la incorporación de los valores del vencedor que marcan la mayoría de los relatos periodísticos de las guerras, aún en nuestros países, lejos de los escenarios de las batallas. Pero, no tan lejos, si las pantallas ahora son los palcos de esas escaramuzas.
Dentro de la estrategia Bush de hacer la guerra preventiva - disparar y después preguntar - las campañas mediáticas son mucho más necesarias hoy día. Y tienden a crecer.